Periimplantitis: cómo se detecta y qué se puede hacer para salvar el implante
La periimplantitis destruye el hueso que sujeta el implante. Cómo se distingue de la mucositis, cómo se detecta a tiempo y qué tratamientos existen.
La periimplantitis es una infección alrededor de un implante ya integrado que, además de inflamar la encía, destruye el hueso que lo sujeta. Es la primera causa de pérdida de implantes que llevaban años funcionando bien, y su rasgo más traicionero es el silencio: el titanio no duele, así que el proceso avanza sin avisar hasta que la pérdida ósea es considerable. Detectarlo pronto no depende de que el paciente note algo, sino de que alguien lo busque en las revisiones.
Mucositis y periimplantitis no son lo mismo
La mucositis periimplantaria es el equivalente de la gingivitis alrededor de un diente natural: la mucosa está enrojecida, algo hinchada y sangra al sondarla, pero el hueso permanece intacto. Es reversible. Con una higiene bien enseñada y una limpieza profesional de la zona, el tejido vuelve a la normalidad en pocas semanas.
La periimplantitis añade a esa inflamación la pérdida progresiva del hueso que rodea al implante. Ahí ya no hay marcha atrás espontánea: el hueso perdido no se regenera solo. El implante puede seguir firme mucho tiempo, y cuando por fin aparece movilidad casi siempre es demasiado tarde para salvarlo.
Cómo se detecta
El diagnóstico se apoya en dos gestos sencillos que deberían formar parte de cualquier revisión de implantes, y que conviene reclamar si no se hacen.
- Sondaje periimplantario suave. Se mide la profundidad alrededor del implante y se anota si sangra o supura al retirar la sonda. El dato aislado dice poco; lo que importa es su evolución respecto a mediciones anteriores.
- Radiografía comparada. La imagen del día de la colocación es la referencia. Sin esa radiografía basal es difícil saber si el nivel óseo actual es normal para ese implante o ya se ha perdido altura.
- Supuración. Salida de pus al presionar la encía o al sondar. Obliga a actuar sin esperar a la siguiente revisión.
- Señales que puedes notar tú. Sangrado al cepillar esa zona concreta, mal sabor persistente, encía que se retrae y deja ver el cuello metálico, o molestia sorda al presionar. Ninguna es diagnóstica por sí sola, pero todas justifican una cita.
Tratamiento no quirúrgico
El primer escalón busca descontaminar la superficie del implante sin dañarla y devolver el control de la placa al paciente. Incluye limpieza mecánica con instrumental que no raye el titanio (curetas de fibra o titanio, ultrasonidos con puntas específicas, aeropulido con polvos suaves), retirada de restos de cemento si los hay, y a menudo la retirada temporal de la corona cuando su diseño impide que el cepillo llegue a algún punto. Puede acompañarse de antisépticos locales y, en casos concretos, de una pauta de antibiótico que decide quien explora.
Después se espera y se vuelve a medir: la reevaluación a las seis u ocho semanas dice si el cuadro está controlado. En la periimplantitis incipiente este enfoque resuelve muchos casos; en defectos ya establecidos, rara vez basta por sí solo.
Cuándo hay que operar
Si tras la reevaluación persisten bolsas profundas con sangrado o supuración, se plantea la cirugía de acceso: se levanta la encía para limpiar la superficie del implante bajo visión directa. A partir de ahí, el defecto manda. Cuando la pérdida ósea es ancha y horizontal se opta por un abordaje resectivo, que remodela el hueso y reposiciona la encía para dejar una zona limpiable. Cuando el defecto es estrecho y está contenido por paredes óseas, cabe intentar uno regenerativo con biomaterial y membrana.
Conviene ajustar expectativas: el objetivo realista de ambas vías es detener la progresión y dejar una zona mantenible, no recuperar el hueso perdido. Y a veces lo sensato es retirar el implante —pérdida ósea muy avanzada, movilidad, fracasos repetidos— para reconstruir la zona y decidir después si procede volver a implantar.
Lo que de verdad la previene
Tres factores concentran buena parte del riesgo: el tabaco, una periodontitis previa mal controlada y una prótesis que no se puede limpiar bien. Los dos primeros se abordan antes de colocar el implante; el tercero es una decisión de diseño que el paciente sufre después cada día. A eso se suma un calendario de revisiones con sondaje y radiografía, que es donde se cazan los casos silenciosos. Si tu implante lleva años sin que nadie lo sonde, en el directorio puedes ver opiniones de otros pacientes y pedir presupuesto de mantenimiento a varias clínicas de tu zona.
Preguntas frecuentes
¿Se puede salvar un implante con periimplantitis?
En muchos casos sí, siempre que se coja con parte del hueso todavía en su sitio y el paciente pueda mantener la zona limpia después. Cuanto antes se interviene, más sencillo es el tratamiento y mejor el pronóstico. Lo que no es realista es esperar a que el implante se mueva: la movilidad indica que la integración con el hueso ya ha fallado y en ese punto la retirada suele ser la única salida.
¿La periimplantitis duele?
Habitualmente no, y ese es justo el problema. Alrededor de un implante no hay ligamento periodontal ni nervio que avise como lo haría un diente, así que la infección puede avanzar durante meses con molestias mínimas. El sangrado al cepillar, la supuración o el mal sabor aparecen antes que el dolor, y son los avisos que hay que tomarse en serio.
¿Cada cuánto hay que revisar un implante?
Lo habitual es una revisión con sondaje al menos una vez al año, y cada tres o seis meses en pacientes fumadores, con antecedentes de periodontitis o con prótesis complejas. La radiografía no se repite en cada cita, pero sí de forma periódica para comparar el nivel óseo con el de referencia. Ese seguimiento es parte del tratamiento, no un extra opcional.
Fuentes
Información general elaborada por la redacción a partir de las fuentes citadas al final. No sustituye a la consulta con un dentista ni constituye consejo médico: cada caso necesita una valoración profesional.
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